Author Archives: Irene Martín

  • Poder dejar

    «Hay una contradicción esencial que consiste en que el hombre quiere e incluso debe realizar algo imperecedero en lo transitorio. La contradicción no sólo no puede ser eliminada ni superada, sino que ella posee una necesidad paradójica, incluso una fecundidad paradójica […]

    Precisamente porque mi plazo de tiempo es finito, en el tiempo finito yo debo y también puedo configurar algo de lo cual me hago plenamente responsable. Si todo se extendiera indefinidamente perdiéndose en el horizonte, entonces yo podría una y otra vez revocar cada una de mis decisiones, todo sería reversible, todo giraría en círculo. […]

    El joven que tiene ante sus ojos miles de posibilidades para realizar su vida debe elegir: ¿Por qué motivo he de renunciar a mis miles de posibilidades, si la cosa se pone seria? ¿para qué sacrificar mi todopoderosa libertad, ahora que está llegando la hora de realizar lo único necesario? […] Él comprende instintivamente que en la elección de una realidad en lugar de miles de posibilidades radica no sólo la seriedad sino la dignidad de la vida. Un instinto, una escucha interior le anima a confiarse a una vocación, a elegir una profesión. Y para eso debe abandonarse.

    Digamos, además, que nadie se encuentra a sí mismo de otro modo que por medio de un tal dejar-se activo. No se le hará comprensible su yo meditando sobre un almohadón y abstrayéndose de todo lo que le rodea –así, a lo sumo encontrará la nada, y sería una pena si él quisiera encontrarse a sí mismo en ella–, sino sólo en la donación a una realidad o a una persona. El poder-dejar es el principio de todo logro y de toda posesión del amor. ¡La obra debe llegar a ser, aunque yo muera en el camino! ¡Tú debes ser, aunque me cueste la vida! Por ejemplo el gran arte no fue obtenido de ningún otro modo. En vano llamaba el papa al que estaba absorto en sus frescos de la Sixtina a que bajase del andamio. Y este dejar no es una mera finta para poseerse a sí mismo más profundamente en la obra […]

    ¿Existe un camino para ejercitarnos en libertad y sin coacción a lo largo de la vida en ese acto que todo lo sustenta? […]».

    Hans Urs von Balthasar, Vida desde la muerte, Ediciones San Juan, p. 12-16, disponible en PDF en www.edicionessanjuan.es

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    Madre Coraje y sus hijos

    El Centro Dramático Nacional nos ofrece esta obra que escribió Bertolt Brecht durante un exilio de cinco semanas en Suecia, escapando de la Alemania nazi, y con la que alcanzó el nivel del gran teatro. Como los héroes trágicos, Madre Coraje no especula ni se lamenta ni protesta. Sólo lucha, valientemente, el destino que le ha tocado. (más…)

  • Nuestros hermanos mayores

    «Pero he aquí un espectáculo digno de que un dios ensimismado en su obra dirija su mirada hacia él; he aquí algo parecido a un dios: un hombre forzudo en lucha con su nefasto destino, sobre todo cuando él mismo lo ha provocado», en estas palabras de Séneca nos asomamos a lo que fue la tragedia para los griegos. Nuestros hermanos mayores estrenaron el teatro con un género que, curiosamente, hoy nos resulta muy difícil.

    Tuvieron la valentía de mostrar a los dioses lo que eran, lo que sufrían, sus límites. La tragedia que supone descubrir un orden bello entorno de nosotros y, sin embargo, encontrar el fracaso en nuestras propia existencia. Esperar que de mi esfuerzo, de mi piedad a los dioses se derive el éxito, y encontrar, por el contrario, la ruina, quizá por aquella maldición que pesaba sobre ellos, como una culpa antigua, que venía de generaciones anteriores. Y el héroe, aquél que es capaz de abrazar con valentía su destino, moría trágicamente, pero valientemente, afrontando su destino sin posibilidad alguna de reconciliación con ese cosmos bello, grandioso.

    Porque no sólo no escondieron sus tragedias, las mostraron con elegancia, sin acritud, melodrama ni autocompasión. Mantuvieron su sí a la existencia pese a todo. En palabras de Hans Urs von Balthasar: “Ésta es la fuerza inconcebible del corazón griego: que tanto a la luz como a la oscuridad de lo absoluto dice sí a esta existencia. Un sí sosegado, que ha sopesado detenidamente todos los fundamentos para el no, para trascenderlos a pesar de todo». Verdaderamente se entiende que Aristóteles encontrara una palabra para definir lo que experimenta el espectador cuando se enfrenta a esto. Catarsis es una purificación interior, porque nos acercamos a un mundo grande, noble.

    En nuestro mundo de hoy seguimos viviendo tragedias. Luchamos, y fracasamos. Creemos acertar, y nos equivocamos. Tenemos certezas, éxitos, seguridades, pero no son suficientes. Tampoco Jesucristo tuvo salida. El Hijo clamó mientras el amor del Padre todopoderoso había renunciado a la posibilidad de responder al Hijo que estaba abandonado en la cruz y clamaba hacia él: de nuevo, el misterio de una culpa incomprensible pero omnipresente entre cielo y tierra. La tragedia no se ha dulcificado. Quizá se haya agudizado: aquí, a diferencia de la tragedia antigua, no se enfrentan sólo la libertad humana y la divina, pues el Hijo es Dios y hombre a la vez. La Encarnación del Verbo y su redención de los hombres supera cualquier tragedia humana antes experimentada.

    Mientras la nobleza íntima de determinados hombres (que revela la nobleza del hombre en general) sea conocida y reconocida, sigue siendo posible la tragedia. Pero, nos dice Balthasar, “ni la burguesía preocupada por el bienestar terreno ni el socialismo que sueña con un futuro a construir (y el futuro no es trágico) son capaces de crear la tragedia”. Tania Blixen lo plantea en el año 1968 con otras palabras: “Veo dentro de cien años una sociedad como la nuestra delante de mí… volarán hasta la luna, pero ninguno de ellos será capaz de escribir una tragedia aunque se tratase de su vida”. Quizá porque no podríamos superar a nuestros hermanos mayores. Por suerte aún podemos disfrutar de sus tragedias.

  • Desde fuera de mí

    «Transcurrieron casi ocho años antes de que brotara la semilla de este libro; dos años, tres incluso, de trabajo oculto, obstinado y a veces sensible, de la Gracia; quedarían casi cinco años durante los cuales no recuerdo haber experimentado ningún arrepentimiento de la vida que estaba llevando… ¿Por qué y cómo fui orientado hacia una vía que para mí resultaba entonces como perdida en la noche? Me siento absolutamente incapaz de responder a esto.

    Sé muy bien que hay personas decididas y valien-tes que trazan planes, organizan por adelantado el itinerario de su existencia y lo siguen después; se dice incluso, si no me equivoco, que con voluntad se consigue todo. No me importa creerlo, pero confieso que yo no he sido nunca ni un hombre tenaz ni un escritor astuto. Mi vida y mis obras tienen una buena parte de pasividad, de inconsciencia, de algo que me mueve y dirige desde fuera de mí. (más…)

  • Paz profunda, silenciosa, escondida

    «…El cristiano tiene una paz profunda, silenciosa, escondida, que el mundo no ve, como un pozo en un lugar apartado y umbrío, de difícil acceso. […] Puede reposar su cabeza en la almohada al acostarse, y reconocer ante la mirada de Dios, con el corazón desbordante, que no le falta nada –que “tiene de todo y en abundancia”–, que Dios lo ha sido todo para él. Ciertamente necesita más gratitud, más santidad, más cielo, pero el pensar que puede tener más no es un pensamiento de desazón, sino de alegría. No perjudica su paz el saber que puede llegar más cerca de Dios […]. El cristiano es alegre, sencillo, amable, atento, sincero y sin pretensiones; no hay en él pretextos y disimulos, ambiciones y singularidades; porque no tiene esperanzas ni temores por lo que se refiere a este mundo. Es reflexivo, sobrio, discreto, circunspecto, comedido, indulgente, con tan pocas cosas en él fuera de lo corriente o que llamen la atención en su talante, que se le puede tomar fácilmente a primera vista por un simple hombre como los demás. Hay personas que piensan que la religión consiste en éxtasis o en discursos prefabricados. El cristiano no es de éstos». (más…)

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