Textos Maior

  • Nuestros corazones han palpitado

    «“Tú sufres Barioná”. (Barioná se encoge de hombros). […]

    Es verdad que somos muy viejos y muy sabios, y que conocemos todo el mal de la tierra. Sin embargo, cuando hemos visto esa estrella en el cielo, nuestros corazones han palpitado con una alegría como la de los niños. Nos hicimos como niños y nos pusimos en camino porque queríamos cumplir con nuestro deber de hombres, que es esperar. […]

    Has considerado tu dolor con amargura diciéndote: estoy herido de muerte. Y querías tumbarte sobre tu costado y consumir el resto de tu vida en la meditación de la injusticia que se te había hecho. […] El sufrimiento es una cosa natural y corriente y conviene aceptarla como algo que nos fuese debido. Es malsano hablar demasiado de él, aunque sea con uno mismo. Ponte en regla con él lo antes posible […]. No pienses nada sobre él, sino que está ahí, como (más…)

  • Como si estuviera en su casa

    «Esto es intolerable, Fiodor Pavlovitch –exclamó Miusov con voz trémula, incapaz de contenerse–. Está usted mintiendo, y sabe muy bien que esa estúpida anécdota es falsa, ¿por qué quiere hacerse el interesante?

    –Siempre he creído que era una solemne mentira–aceptó Fiodor Pavlovitch con vehemencia–. Eminente stárets, perdóneme: lo de Diderot, ha sido invención mía: se me ha ocurrido para sazonar la anécdota. Si me hago el interesante, Miusov, es para ser más agradable. Bien es verdad que muchas veces ni yo mismo sé por qué lo hago. […]

    –No se inquiete, por favor (más…)

  • Permitir que nuestro mundo se trastoque

    «¡Qué fácil nos resulta en tiempo de bonanza, volvernos dependientes de nuestras rutinas, del orden establecido en nuestra existencia cotidiana, y dejarnos llevar! Empezamos a no dar valor a las cosas, a confiar en nosotros y en nuestros propios recursos, a “instalarnos” en este mundo y a buscar en él nuestro punto de apoyo. Todos tendemos demasiado fácilmente a asociar nuestra satisfacción con un sentimiento de bienestar, a buscarla únicamente en nuestra comodidad. Estamos rodeados de amigos y de cosas, a un día le sucede otro y gozamos de cierta salud y felicidad. No hay que desear mucho las cosas de este mundo (más…)

  • Las olas y el mar

    «Las olas vienen y van, nadie las puede aferrar, nunca pueden ser calculadas de antemano. Si se intenta perseguir a las ondas que se acercan y vuelven a su origen, la mirada fracasa y debe darse por vencida. El mar como imagen de lo infinito, de la eternidad. Las olas como el momento que viene y pasa, pero siempre de nuevo está allí y algo exige. La misión viene del Dios infinito impregnada de eternidad y se despliega en decisiones y respuestas rápidas, momentáneas. En la orilla se tiene la impresión conmovedora de ser aferrado por un acontecimiento eterno. Y si nos sobresalta la angustia por haber descuidado una ola, por haber dejado pasar una decisión a tomar, volvemos a tranquilizarnos pues siempre vienen nuevas olas y son exigidas nuevas respuestas, tan rápido que (más…)

  • Como un niño pequeño en una fiesta

    «Cuanto más se exploraba el equipaje de vacaciones del señor Smith tanto menos se sacaba en claro. Una particularidad suya consistía en que casi todo parecía estar allí por la razón equivocada; lo secundario para cualquier otro era de primera importancia para él. Envolvía una tetera o una sartén en papel de estraza, pero el irreflexivo ayudante descubría que la tetera no tenía ningún valor y hasta era innecesaria, y que el papel de estraza era lo realmente valioso. […]
    También exhibió unas seis pequeñas botellas de vino, e Inglewood, viendo por casualidad un Volnay que sabía que era excelente, supuso al principio que el desconocido era un epicuro de los vinos. Se quedó, por tanto, sorprendido al encontrarse con que la siguiente botella era un clarete horrible, […] y parecían haber sido escogidas únicamente porque lucían los tres colores primarios y los tres secundarios: rojo, azul y amarillo, verde, violeta y naranja. […]

    Smith era en realidad, hasta donde puede serlo la psicología humana, inocente. Tenía la sensualidad de la inocencia: le encantaba (más…)

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