Textos Maior

  • El hombre se sabría hijo

    «¿Por qué el tiempo de nuestra infancia se nos aparece tan dulce, tan esplendoroso? Un chiquillo tiene penas como todo el mundo y se halla además completamente desarmado contra el dolor y la enfermedad. […]  Pero el niño extrae el principio mismo de su alegría del sentimiento de su propia impotencia. Confía en su madre. Presente, pasado, futuro, toda su vida, la vida entera, se encierra en una sola mirada y esa mirada es una sonrisa. […]

    La Iglesia habría dado a los hombres esa especie de seguridad soberana. No obstante cada cual hubiera tenido también su parte de contrariedades. El hambre, la sed, la pobreza, los celos… Nunca hubiéramos hecho acopio de suficiente fortaleza para meternos al diablo en el bolsillo. Pero el hombre se sabría hijo de Dios… (más…)

  • Esta carga no me será pesada

    «Ya percibíamos más claramente el chirrido de las llamas en las murallas, ya nos llegaban más de cerca las ardientes bocanadas del incendio. “Pronto, querido padre”, le dije, “súbete sobre mi cuello, yo te llevaré en mis hombros, y esta carga no me será pesada; suceda lo que suceda, común será el peligro, común la salvación para ambos. Mi tierno Iulo vendrá conmigo y mi esposa seguirá de cerca nuestros pasos. Vosotros, mis criados, advertid bien esto que voy a deciros. A la salida de la ciudad hay sobre un cerro un antiguo templo de Ceres, ya abandonado, y junto a él un añoso ciprés, que la devoción de nuestros mayores ha conservado por muchos años; allí nos dirigiremos todos, yendo cada cual por su lado. Tú, padre mío, lleva en tus manos los objetos sagrados y nuestros patrios penates; a mí, que salgo de tan recias lides y de tan recientes matanzas, no me es lícito tocarlos hasta purificarme en las corrientes aguas de un río…”. (más…)

  • Simplicidad

    «Lo más terrible que quizá haya sido pronunciado contra nuestro tiempo es: “Hemos perdido la ingenuidad”. Decir eso no es condenar necesariamente el progreso de las ciencias y de las técnicas de que está tan orgulloso nuestro mundo. El progreso es en sí admirable. […] Pero el hombre, enorgullecido de su ciencia y de sus técnicas, ha perdido algo de su simplicidad.

    Apresurémonos a decir que no había solamente candor y simplicidad en nuestros padres. El cristianismo había asumido la vieja sabiduría campesina y natural nacida al contacto del hombre con la tierra. Había, sin duda, todavía mucho más de tierra que de cristianismo en muchos de nuestros mayores. Más de pesadez que de gracia. Pero el hombre tenía entonces raíces poderosas.

    Los impulsos de la fe, como las fidelidades humanas, se apoyan sobre adhesiones vitales e instintivas particularmente fuertes. Y no estaban de ningún modo sacudidas o enervadas. El hombre participaba del mundo, ingenuamente. (más…)

  • La espiritualidad de la bicicleta

    «“Id…”, nos dices en todos los momentos cruciales del Evangelio.
    Para coincidir con tu sentido hemos de ir,
    aunque nuestra pereza nos suplique que nos quedemos.
    Nos has elegido para estar en un extraño equilibrio.
    Un equilibrio que sólo puede establecerse y mantenerse
    en movimiento,
    en el impulso.
    Es algo similar a una bicicleta,
    que no se tiene en pie sin avanzar,
    una bicicleta que está apoyada contra una pared
    mientras no nos montamos en ella
    para hacerla marchar velozmente por la carretera.
    La condición que nos ha sido dada
    es una inseguridad universal, vertiginosa.
    En cuanto nos detenemos a observarla,
    nuestra vida se tuerce y flaquea.
    Sólo podemos mantenernos en pie para caminar,
    para lanzarnos en un impulso de caridad. […] (más…)

  • Hacer sitio

    «Ahora comprendo que no prestaba la debida atención a lo que miraba. Me interesaba muchísimo lo que el cuadro representaba, y casi nada lo que el cuadro era. Todo lo que quería era extraer de él estímulos para que mis emociones y mi imaginación pudieran aplicarse a los objetos representados. […] Se requiere el procedimiento inverso. No debemos soltar nuestra propia subjetividad sobre los cuadros haciendo de éstos su vehículo. Debemos empezar por dejar a un lado, en lo posible, nuestros prejuicios, nuestros intereses y nuestras asociaciones mentales. Debemos hacer sitio para el Marte y Venus de Botticelli, o para la Crucifixión de Cimabue, despojándonos de nuestras propias imágenes. Después de este esfuerzo negativo, el positivo. Debemos usar nuestros ojos. Debemos mirar y seguir mirando hasta que hayamos visto exactamente lo que tenemos delante. […] Lo primero que exige toda obra de arte es una entrega.

    Mirar. Escuchar. Recibir. Apartarse uno mismo del camino. (No vale preguntarse primero si la obra que se tiene delante merece esa entrega, porque (más…)

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