Textos Maior

  • Desde fuera de mí

    «Transcurrieron casi ocho años antes de que brotara la semilla de este libro; dos años, tres incluso, de trabajo oculto, obstinado y a veces sensible, de la Gracia; quedarían casi cinco años durante los cuales no recuerdo haber experimentado ningún arrepentimiento de la vida que estaba llevando… ¿Por qué y cómo fui orientado hacia una vía que para mí resultaba entonces como perdida en la noche? Me siento absolutamente incapaz de responder a esto.

    Sé muy bien que hay personas decididas y valien-tes que trazan planes, organizan por adelantado el itinerario de su existencia y lo siguen después; se dice incluso, si no me equivoco, que con voluntad se consigue todo. No me importa creerlo, pero confieso que yo no he sido nunca ni un hombre tenaz ni un escritor astuto. Mi vida y mis obras tienen una buena parte de pasividad, de inconsciencia, de algo que me mueve y dirige desde fuera de mí.

    La Providencia fue misericordiosa conmigo y la Virgen me mostró su bondad. Me limité a no oponerme a las intenciones que me iban manifestando; […]

    Las personas que no tienen fe podrán objetarme que con tales ideas no se está lejos de desembocar en el fatalismo y en la negación de toda psicología. Pues no, porque la fe en Nuestro Señor no es fatalismo. El libre arbitrio sigue intacto. Yo hubiera podido, si así se me hubiera antojado, continuar cediendo a los impulsos lujuriosos, y quedarme en París, en lugar de haber ido a sufrir a una Trapa. Dios, sin duda, no hubiera seguido insistiendo. Pero aún certificando que la voluntad permanece intacta, hay que confesar sin embargo que el Salvador pone mucho de su parte, te “persigue”[…]; pero lo repito de nuevo, uno puede, por su cuenta y riesgo, enviarle a paseo.

    […] Desde el punto de vista de la conversión, en los comienzos es imposible de clarificar; ciertos elementos pueden resultar tangibles, los otros no; el trabajo subterráneo del alma se nos escapa. Se produjo, sin duda, en el momento en el que yo escribía À Rebours, una removida del terreno, una perforación del suelo para asentar los cimientos, y de eso no llegué a darme cuenta. Dios excavaba para colocar sus hilos operando únicamente en la oscuridad del alma, en la noche. Nada era perceptible; y sólo años más tarde la chispa empezó a recorrer los hilos».

    J. K. Huysmans, À Rebours, prólogo escrito 20 años después, Ed. Cátedra, 114-115

  • Paz profunda, silenciosa, escondida

    «…El cristiano tiene una paz profunda, silenciosa, escondida, que el mundo no ve, como un pozo en un lugar apartado y umbrío, de difícil acceso. […] Puede reposar su cabeza en la almohada al acostarse, y reconocer ante la mirada de Dios, con el corazón desbordante, que no le falta nada –que “tiene de todo y en abundancia”–, que Dios lo ha sido todo para él. Ciertamente necesita más gratitud, más santidad, más cielo, pero el pensar que puede tener más no es un pensamiento de desazón, sino de alegría. No perjudica su paz el saber que puede llegar más cerca de Dios […]. El cristiano es alegre, sencillo, amable, atento, sincero y sin pretensiones; no hay en él pretextos y disimulos, ambiciones y singularidades; porque no tiene esperanzas ni temores por lo que se refiere a este mundo. Es reflexivo, sobrio, discreto, circunspecto, comedido, indulgente, con tan pocas cosas en él fuera de lo corriente o que llamen la atención en su talante, que se le puede tomar fácilmente a primera vista por un simple hombre como los demás. Hay personas que piensan que la religión consiste en éxtasis o en discursos prefabricados. El cristiano no es de éstos». (más…)

  • Todos los días parecen lo mismo, pero no lo son

    «Tiene razón. Lo que importa (al hacernos ir veinte veces al mismo sitio, que es generalmente un sitio de decepción terrestre), lo que importa no es ir aquí o allá, no es ir a alguna parte llegar a alguna parte terrestre. Es ir. Ir siempre, y (al contrario) no llegar. Es ir a poquitos en la pequeña procesión de los días ordinarios […] Lo que importa es ir. Ir siempre. Lo que cuenta. Y cómo se va. Es el camino que se hace. Es el trayecto mismo. […]

    Porque esas veinte veces que hemos hecho el mismo camino en la tierra, para la sabiduría humana son veinte veces que se redoblan, que se recomienzan, que son la misma, que son veinte veces vanas, que se superponen, porque conducen por el mismo camino al mismo sitio, porque era el mismo camino. Pero para la sabiduría de Dios nada es nunca nada. Todo es nuevo. Todo es otro. Todo es diferente. […] (más…)

  • La apretó contra su pecho

    «¡Qué delicioso resultaba llegar a aquel refugio desde la oscuridad y el miedo de donde venía! Aquella luz tamizada y suave provocaba en ella la ilusión de estar entrando en el corazón de una perla nacarada. Además las paredes pintadas de azul con estrellitas plateadas prolongaban el espejismo, como si en realidad se tratara del mismo cielo que acababa de dejar afuera racheado de nubes de lluvia.

    –He encendido un fuego para ti. Tienes frío y estás mojada –dijo su abuela. […]

    El asombro y la admiración tenían tan aturdida a la princesa que no podía ni dar las gracias (más…)

  • ¿Qué impide saltar de alegría a tu corazón?

    «Nos encontrábamos ya bajo la luz del sol… El abundante rocío daba a la hierba el resplandor de una joya… A derecha e izquierda, y a nuestra espalda, aquel mundo de colinas de todos los colores se elevaba más y más hacia el cielo, dejando ver a lo lejos, un resquicio de aquello que llamamos mar (aunque no pueda compararse con el Gran Mar de los griegos). Se oía un canto de alondras, y, por lo demás, reinaba una calma antigua y colosal.

    Y he aquí el combate que me tocaba librar. […] Tentándome como en un jugueteo insolente, oía una especie de voz expresarse sin palabras, algo que si hubiera podido reducirse a palabras habría dicho: “¿Qué razón impide saltar de alegría a tu corazón?”… Tuve que recitarme, (más…)

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