Textos Maior

  • Como un niño pequeño en una fiesta

    «Cuanto más se exploraba el equipaje de vacaciones del señor Smith tanto menos se sacaba en claro. Una particularidad suya consistía en que casi todo parecía estar allí por la razón equivocada; lo secundario para cualquier otro era de primera importancia para él. Envolvía una tetera o una sartén en papel de estraza, pero el irreflexivo ayudante descubría que la tetera no tenía ningún valor y hasta era innecesaria, y que el papel de estraza era lo realmente valioso. […]
    También exhibió unas seis pequeñas botellas de vino, e Inglewood, viendo por casualidad un Volnay que sabía que era excelente, supuso al principio que el desconocido era un epicuro de los vinos. Se quedó, por tanto, sorprendido al encontrarse con que la siguiente botella era un clarete horrible, […] y parecían haber sido escogidas únicamente porque lucían los tres colores primarios y los tres secundarios: rojo, azul y amarillo, verde, violeta y naranja. […]

    Smith era en realidad, hasta donde puede serlo la psicología humana, inocente. Tenía la sensualidad de la inocencia: le encantaba (más…)

  • Lleno de asombro y emoción

    «El mundo de los niños es fresco y nuevo y precioso, lleno de asombro y emoción. Es una lástima que para la mayoría de nosotros esa mirada clara que es un verdadero instinto para lo que es bello y que inspira admiración, se debilite e incluso se pierda antes de hacernos adultos. Si yo tuviera influencia sobre el “hada madrina”, aquélla que se supone preside el nacimiento de todos los niños, le pediría que le concediera a cada niño el don del sentido del asombro tan indestructible que le durara toda la vida, como un inagotable antídoto contra el aburrimiento y el desencanto de años posteriores, la estéril preocupación de problemas artificiales, el distanciamiento de la fuente de nuestra fuerza.

    Para mantener vivo en un niño su innato sentido del asombro, sin contar con ningún don concedido por las hadas, se necesita la compañía de algún adulto con quien poder compartirlo, redescubriendo con él la alegría, la expectación y el (más…)

  • El perdón no es una varita mágica

    Existe un querer perdonar y un poder perdonar: a veces se quiere perdonar pero no se puede. Cuando se puede, cuando por fin la cabeza y el corazón terminan poniéndose de acuerdo, queda el recuerdo, esas cosas dolorosas que suben a la superficie, que perturban y reavivan el odio. Es el perdón de la memoria. No es precisamente el más sencillo. Exige mucho tiempo.

    Durante diez años, le he venido preguntando todas las mañanas a Martine: ¿Me quieres?”. No podía creer en su amor. Mi curación se ha producido en el largo plazo. Sí, se necesita tiempo. He tenido la suerte de encontrar a personas auténticas. Me han querido, aceptando la huella de mi pasado. Se atrevieron a admitir mi diferencia, mis sobresaltos de hombre herido. Escucharon mi sufrimiento, y me siguieron amando después de las tormentas. Ahora tengo conciencia de haber recibido.

    El pasado se despierta por efecto de un sonido, de una palabra, de un olor, de un ruido, de un gesto, de un lugar (más…)

  • Entre los pieles rojas

    «En la choza no es posible mantenerse de pie, parte porque es demasiado baja de techo, parte por la humareda, que no deja siquiera respirar; así, que hay que estar tendido sobre el suelo o acurrucado en cuclillas. Si se quiere salir a la intemperie, en seguida el frío glacial, la ventisca y el riesgo de extraviarse por aquellos espesos bosques obligan a volver al refugio más veloces que el viento. Además de la incómoda postura que supone el tener por cama el duro suelo, son dignas de especial mención las molestias causadas por el frío, el calor, el humo y los perros.

    Por lo que atañe al frío, téngase presente que hay que reclinar la cabeza directamente sobre la nieve, o a lo sumo, en el caso de mayor regalo, utilizar como mullida almohada alguna rama de pino. El viento tiene libre entrada por mil resquicios. […] Pero el frío no hace sufrir tanto como el calor del fuego. El reducido espacio que ofrece la cabaña de los indios, se calienta en seguida con la ardiente hoguera de que no se puede prescindir. A veces me sentía literalmente tostar y achicharrar por los (más…)

  • Existencia en misión

    «La madurez cristiana no es, por tanto, algo simple y unívoco, como muchos creen. No es un mero problema de formación de la propia conciencia conforme a principios supuestamente cristianos. La conciencia, en tanto pertenece a la naturaleza humana, es el fundamento de nuestra conducta moral natural; pero si somos cristianos, nuestra conciencia debe mantenerse siempre a la escucha y abierta al Espíritu Santo de Cristo. El Espíritu no se deja encerrar en botellas y principios que se puedan encorchar una vez para siempre; sólo la fresca vitalidad de una escucha permanente tiene oportunidad de percibirlo, incluso de comprenderlo. Esto presupone una docilidad extrema, un instinto sobrenatural de obediencia que se haya vuelto connatural a nosotros, es decir, lo contrario de lo que nosotros imaginamos como “madurez”. Cuanto más (más…)

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