Textos Maior

  • Simplicidad

    «Lo más terrible que quizá haya sido pronunciado contra nuestro tiempo es: “Hemos perdido la ingenuidad”. Decir eso no es condenar necesariamente el progreso de las ciencias y de las técnicas de que está tan orgulloso nuestro mundo. El progreso es en sí admirable. […] Pero el hombre, enorgullecido de su ciencia y de sus técnicas, ha perdido algo de su simplicidad.

    Apresurémonos a decir que no había solamente candor y simplicidad en nuestros padres. El cristianismo había asumido la vieja sabiduría campesina y natural nacida al contacto del hombre con la tierra. Había, sin duda, todavía mucho más de tierra que de cristianismo en muchos de nuestros mayores. Más de pesadez que de gracia. Pero el hombre tenía entonces raíces poderosas.

    Los impulsos de la fe, como las fidelidades humanas, se apoyan sobre adhesiones vitales e instintivas particularmente fuertes. Y no estaban de ningún modo sacudidas o enervadas. El hombre participaba del mundo, ingenuamente. (más…)

  • La espiritualidad de la bicicleta

    «“Id…”, nos dices en todos los momentos cruciales del Evangelio.
    Para coincidir con tu sentido hemos de ir,
    aunque nuestra pereza nos suplique que nos quedemos.
    Nos has elegido para estar en un extraño equilibrio.
    Un equilibrio que sólo puede establecerse y mantenerse
    en movimiento,
    en el impulso.
    Es algo similar a una bicicleta,
    que no se tiene en pie sin avanzar,
    una bicicleta que está apoyada contra una pared
    mientras no nos montamos en ella
    para hacerla marchar velozmente por la carretera.
    La condición que nos ha sido dada
    es una inseguridad universal, vertiginosa.
    En cuanto nos detenemos a observarla,
    nuestra vida se tuerce y flaquea.
    Sólo podemos mantenernos en pie para caminar,
    para lanzarnos en un impulso de caridad. […] (más…)

  • Hacer sitio

    «Ahora comprendo que no prestaba la debida atención a lo que miraba. Me interesaba muchísimo lo que el cuadro representaba, y casi nada lo que el cuadro era. Todo lo que quería era extraer de él estímulos para que mis emociones y mi imaginación pudieran aplicarse a los objetos representados. […] Se requiere el procedimiento inverso. No debemos soltar nuestra propia subjetividad sobre los cuadros haciendo de éstos su vehículo. Debemos empezar por dejar a un lado, en lo posible, nuestros prejuicios, nuestros intereses y nuestras asociaciones mentales. Debemos hacer sitio para el Marte y Venus de Botticelli, o para la Crucifixión de Cimabue, despojándonos de nuestras propias imágenes. Después de este esfuerzo negativo, el positivo. Debemos usar nuestros ojos. Debemos mirar y seguir mirando hasta que hayamos visto exactamente lo que tenemos delante. […] Lo primero que exige toda obra de arte es una entrega.

    Mirar. Escuchar. Recibir. Apartarse uno mismo del camino. (No vale preguntarse primero si la obra que se tiene delante merece esa entrega, porque (más…)

  • No se distinguen de los demás hombres

    «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su estilo de vida no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan una enseñanza basada en autoridad de hombres.

    Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de otro tipo de vida […]. Habitan (más…)

  • El tiempo

    «El niño tiene tiempo, un tiempo incalculable, no acaparado avaramente, sino recibido y aceptado en paz e “indiferencia” que dejan ser. Tiempo para jugar. Tiempo para dormir. El niño no sabe de agendas, en las que de antemano se ha vendido cada minuto. Cuando Pablo nos exhorta a “redimir o rescatar el tiempo” (Co 4,5; Ef 5,16), probablemente entiende todo lo contrario, es decir, no despilfarrar las horas y los días como mercancía barata, sino vivir ahora el tiempo regalado en su plenitud, donde no se trata ni de “gozar” ni de “usar”, sino únicamente de aceptar agradecidamente el cáliz pleno que se nos ofrece.

    El instante es pleno, porque en él se concentra sin esfuerzo todo el tiempo: en él se recoge y eleva tanto el recuerdo de haber-ya-recibido como la esperanza de recibir ahora más tiempo. Por eso, el niño no se (más…)

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