Textos Maior

  • La apretó contra su pecho

    «¡Qué delicioso resultaba llegar a aquel refugio desde la oscuridad y el miedo de donde venía! Aquella luz tamizada y suave provocaba en ella la ilusión de estar entrando en el corazón de una perla nacarada. Además las paredes pintadas de azul con estrellitas plateadas prolongaban el espejismo, como si en realidad se tratara del mismo cielo que acababa de dejar afuera racheado de nubes de lluvia.

    –He encendido un fuego para ti. Tienes frío y estás mojada –dijo su abuela. […]

    El asombro  la admiración tenían tan aturdida a la princesa que no podía ni dar las gracias y se iba acercando tímidamente, sintiéndose incómoda. La señora estaba sentada en una silla baja junto al fuego, y extendía los brazos hacia la niña, pero ella remoloneaba con una sonrisa turbada.

    –¿Pero qué te pasa? –preguntó–. No has estado haciendo nada malo. Yo lo sé, aunque tienes cara de angustia. A ver, ¿cuál es el problema?

    –Querida abuela –dijo–. No estoy tan segura de no haber hecho nada malo. Tenía que haber subido corriendo a buscarte en cuanto ese animal asomó por la ventana, en vez de escaparme a la montaña y pasar el susto que he pasado. […]

    –Anda, ven acá. Seguía con los brazos abiertos hacia ella.

    –Pero abuela, estás tan guapa y tan magnífica con corona y todo, y yo, ya ves, mojada y sucia de barro. Te estropearía ese traje azul tan bonito.

    La señora, con una sonrisa alegre, saltó de su asiento mucho más ágilmente de lo que podría haberlo hecho la propia niña, y la apretó  contra su pecho. Luego la cogió en brazos sin dejar de besar una y otra vez su carita manchada de lágrimas.

    –¡Ay, abuela, te estoy poniendo perdida! –gritó la niña, apretándose contra ella. –Pero cariño, ¿cómo puedes creer que me importe más mi vestido que mi querida niña?…».

    George MacDonald, La princesa y los trasgos, Ediciones Siruela, pp. 145-146,150-151.

  • ¿Qué impide saltar de alegría a tu corazón?

    «Nos encontrábamos ya bajo la luz del sol… El abundante rocío daba a la hierba el resplandor de una joya… A derecha e izquierda, y a nuestra espalda, aquel mundo de colinas de todos los colores se elevaba más y más hacia el cielo, dejando ver a lo lejos, un resquicio de aquello que llamamos mar (aunque no pueda compararse con el Gran Mar de los griegos). Se oía un canto de alondras, y, por lo demás, reinaba una calma antigua y colosal.

    Y he aquí el combate que me tocaba librar. […] Tentándome como en un jugueteo insolente, oía una especie de voz expresarse sin palabras, algo que si hubiera podido reducirse a palabras habría dicho: “¿Qué razón impide saltar de alegría a tu corazón?”… Tuve que recitarme, (más…)

  • Simplemente estaba allí

    La manera en que sabía escuchar Momo era única.[…] No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y escuchaba con toda su atención y toda simpatía. Mientras tanto miraba al otro con sus grandes ojos negros y el otro en cuestión notaba de inmediato cómo se le ocurrían pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en él.

    Sabía escuchar de tal manera que la gente perpleja o indecisa sabía muy bien, de repente, qué era lo que quería. O los tímidos se sentían de súbito muy libres y valerosos. O los desgraciados y agobiados se volvían confiados y alegres. Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, (más…)

  • Dejar de buscarse

    «“Convertirse” significa: seguir a Jesús, acompañarle, caminar tras sus pasos. Pero insistamos en el hecho de que es Dios el que nos convierte. […]

    “Convertirse”, quiere decir: no buscar el éxito, no correr tras el prestigio y la propia posición. “Conver-sión” significa: renunciar a construir la propia imagen, no esforzarse por hacer de sí mismo un monumento, que acaba siendo con frecuencia un falso Dios. “Convertirse” quiere decir: aceptar los sufrimientos de la verdad.

    La conversión exige que la verdad, la fe y el amor lleguen a ser más importantes que el bienestar, el éxito, el prestigio y la tranquilidad de nuestra existencia; y esto no sólo de una manera abstracta, sino en nuestra realidad cotidiana y en las cosas más insignificantes. De hecho, el éxito, el prestigio, la tranquilidad y la comodidad son los falsos dioses que más impiden la verdad y el verdadero progreso en la vida personal y social. Cuando aceptamos esta primacía de la verdad, seguimos al Señor, cargamos con nuestra cruz y participamos en la cultura del amor, que es la cultura de la cruz. […] (más…)

  • Ahora más que nunca, necesitamos la esperanza

    Ciertamente la desesperación amenaza al corazón humano. Es la enfermedad mortal, según Sören Kierkegaard, mucho más grave que la muerte misma. Además es un mal especialmente de nuestro tiempo.

    Las ilusiones que nos forjamos parecen animarnos durante un trecho del camino. Surgen expectativas sobre lo que vendrá y nos sentimos animados. Pero las desilusiones amenazan continuamente, hasta el punto de que muchas veces terminamos por conformarnos con ir tirando adelante como toda expectativa.

    ¿Hay otra posibilidad? ¿Hay alternativa entre la desesperación y las ilusiones con sus falsas promesas? Esta alternativa es la esperanza. Podemos y debemos esperar, pero es necesario encontrar la esperanza que no defrauda, es necesario buscar los fundamentos de esa esperanza real, que es la vitalidad de nuestra libertad: en cada hombre hay algo de absoluto sin que él mismo lo sea. Un amor absoluto ha querido nuestra existencia.

    (más…)

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