Textos «Teatro y Existencia»

  • Nuestros hermanos mayores

    «Pero he aquí un espectáculo digno de que un dios ensimismado en su obra dirija su mirada hacia él; he aquí algo parecido a un dios: un hombre forzudo en lucha con su nefasto destino, sobre todo cuando él mismo lo ha provocado», en estas palabras de Séneca nos asomamos a lo que fue la tragedia para los griegos. Nuestros hermanos mayores estrenaron el teatro con un género que, curiosamente, hoy nos resulta muy difícil.

    Tuvieron la valentía de mostrar a los dioses lo que eran, lo que sufrían, sus límites. La tragedia que supone descubrir un orden bello entorno de nosotros y, sin embargo, encontrar el fracaso en nuestras propia existencia. Esperar que de mi esfuerzo, de mi piedad a los dioses se derive el éxito, y encontrar, por el contrario, la ruina, quizá por aquella maldición que pesaba sobre ellos, como una culpa antigua, que venía de generaciones anteriores. Y el héroe, aquél que es capaz de abrazar con valentía su destino, moría trágicamente, pero valientemente, afrontando su destino sin posibilidad alguna de reconciliación con ese cosmos bello, grandioso.

    Porque no sólo no escondieron sus tragedias, las mostraron con elegancia, sin acritud, melodrama ni autocompasión. Mantuvieron su sí a la existencia pese a todo. En palabras de Hans Urs von Balthasar: “Ésta es la fuerza inconcebible del corazón griego: que tanto a la luz como a la oscuridad de lo absoluto dice sí a esta existencia. Un sí sosegado, que ha sopesado detenidamente todos los fundamentos para el no, para trascenderlos a pesar de todo». Verdaderamente se entiende que Aristóteles encontrara una palabra para definir lo que experimenta el espectador cuando se enfrenta a esto. Catarsis es una purificación interior, porque nos acercamos a un mundo grande, noble.

    En nuestro mundo de hoy seguimos viviendo tragedias. Luchamos, y fracasamos. Creemos acertar, y nos equivocamos. Tenemos certezas, éxitos, seguridades, pero no son suficientes. Tampoco Jesucristo tuvo salida. El Hijo clamó mientras el amor del Padre todopoderoso había renunciado a la posibilidad de responder al Hijo que estaba abandonado en la cruz y clamaba hacia él: de nuevo, el misterio de una culpa incomprensible pero omnipresente entre cielo y tierra. La tragedia no se ha dulcificado. Quizá se haya agudizado: aquí, a diferencia de la tragedia antigua, no se enfrentan sólo la libertad humana y la divina, pues el Hijo es Dios y hombre a la vez. La Encarnación del Verbo y su redención de los hombres supera cualquier tragedia humana antes experimentada.

    Mientras la nobleza íntima de determinados hombres (que revela la nobleza del hombre en general) sea conocida y reconocida, sigue siendo posible la tragedia. Pero, nos dice Balthasar, “ni la burguesía preocupada por el bienestar terreno ni el socialismo que sueña con un futuro a construir (y el futuro no es trágico) son capaces de crear la tragedia”. Tania Blixen lo plantea en el año 1968 con otras palabras: “Veo dentro de cien años una sociedad como la nuestra delante de mí… volarán hasta la luna, pero ninguno de ellos será capaz de escribir una tragedia aunque se tratase de su vida”. Quizá porque no podríamos superar a nuestros hermanos mayores. Por suerte aún podemos disfrutar de sus tragedias.

  • En busca de autor

    El teatro es, desde su inicio, el espacio donde se representan nuestras propias vidas. Desde la butaca nos vemos a nosotros mismos en tal o cual situación, con aquellos miedos y aquellas emociones y aquellos dolores. Por lo que tiene de cómico, y de dramático y de trágico se dibuja nuestra vida como algo más grande que nosotros mismos, que no podemos explicar, que nos supera.

    Así los dioses en el teatro griego son tan importantes: esos personajes ocultos, pero continuamente aludidos, que manejan la existencia de los personajes. No aclaran el misterio –ni se concibe que lleguen a hacerlo–; simplemente lo trazan, lo constituyen. El Destino de cada hombre está en las manos de ellos; el héroe es quien sabe abrazarlo con valentía.

    Siglos después la fe cristiana dio lugar a un nuevo teatro, con sus formas propias. Ahora se trata de mostrar el drama de la vida en Cristo: y vemos aparecer a personajes que dicen sí a una existencia a menudo difícil, vemos graciosos que saben celebrar la existencia y hacernos reír, y amantes que hablan de su amor, humano, como algo glorioso reflejo del amor de Dios, hay poderosos que representan el poder divino, y aquellos que perdonan como Dios padre perdona… (más…)

  • La Lola se va a los puertos

    Antonio y Manuel Machado, sevillanos y de padre experto en el folclore andaluz, son los autores de una obra muy costumbrista por su lenguaje e imágenes (flamenco, cantaora, guitarrista, señoritos andaluces…), pero no hecha de tópicos, sino con una mirada fresca a todo esto. Con una buena poesía, tiene el arte de no ser localista siendo tan local en palabras y giros. Es como el Concierto Andaluz de Joaquín Rodrigo: evidentemente andaluz pero no solo para andaluces.

    Aquí la música es un personaje más, en realidad, el centro mismo de la obra, más protagonista que Lola, su intérprete. Para Heredia, el músico que acompaña siempre a Lola, «el cante hondo tiene de función de iglesia más que de jolgorio», porque «una copla -cuando es copla- es más que un arco de iglesia, cosa muy seria».

    Tan seria que, tras (más…)

  • ¿Sentimiento o entendimiento?

    En el último número de nuestro boletín explicábamos cómo, según Stanislawski, la tarea del actor no es sólo representar su papel, sino también hacerse cargo del horizonte de sentido que el autor tiene ante los ojos, lo que dará a cada gesto, palabra y acción de su interpretación una dirección o perspectiva determinada.
    Pero ya concretamente, ¿cómo puede un actor lograr esto? Diderot lo plantea como una disyuntiva: entendimiento o sentimiento, y de ambas, elige la primera. Las emociones, según él, deben descender del cerebro al escenario, no deben ascender del corazón… La cabeza ha de controlar en todo momento, y sólo ella, al cuerpo, a las emociones, a los impulsos. Ciertamente la escena francesa de su tiempo, ampulosa y patética, necesitaba corregirse.
    En el extremo opuesto están los actores que acuden a rememorar experiencias personales para lograr el sentir deseado, de modo que son los sentimientos, las emociones, los impulsos, los que dirigen la actuación.

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  • Algo más que una tarea

    Hans Urs von Balthasar nos recuerda cómo, según Konstantin Stanislawsky, el actor no sólo tiene la tarea de representar su papel, sino también la supra-tarea de hacerse cargo del horizonte de sentido que abraza al papel, el que el autor tiene ante sus ojos. En palabras de nuestro director: No puede haber interpretación, ni movimiento, ni gestos, ni pensamientos, ni lenguaje, ni palabras, ni sentimientos, etc., sin la perspectiva apropiada. La más sencilla entrada o salida del escenario, cualquier acción que se realice para desarrollar una escena, para pronunciar unas frases, un monólogo, etc., debe tener una perspectiva y finalidad última (el superobjetivo). Sin ellos no sería capaz de decir siquiera “sí” o “no”.

    Curiosamente, el sentido del conjunto de la obra y la realidad de cada personaje han de estar presentes en cada pequeño detalle de la interpretación: Los actores que hacen un papel que (más…)

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