• El perdón no es una varita mágica

    Existe un querer perdonar y un poder perdonar: a veces se quiere perdonar pero no se puede. Cuando se puede, cuando por fin la cabeza y el corazón terminan poniéndose de acuerdo, queda el recuerdo, esas cosas dolorosas que suben a la superficie, que perturban y reavivan el odio. Es el perdón de la memoria. No es precisamente el más sencillo. Exige mucho tiempo.

    Durante diez años, le he venido preguntando todas las mañanas a Martine: ¿Me quieres?”. No podía creer en su amor. Mi curación se ha producido en el largo plazo. Sí, se necesita tiempo. He tenido la suerte de encontrar a personas auténticas. Me han querido, aceptando la huella de mi pasado. Se atrevieron a admitir mi diferencia, mis sobresaltos de hombre herido. Escucharon mi sufrimiento, y me siguieron amando después de las tormentas. Ahora tengo conciencia de haber recibido.

    El pasado se despierta por efecto de un sonido, de una palabra, de un olor, de un ruido, de un gesto, de un lugar apenas entrevisto… Basta una nada para que surjan los recuerdos. Me zarandean, me desgarran. Me recuerdan que aún tengo la sensibilidad a flor de piel. Aún me duele. Quizás nunca me apacigüe del todo. Sin duda deberé renovar mi perdón, una y otra vez. ¿Es este el “setenta y siete veces siete” del que hablaba Jesús?

    Perdonar no es olvidar. Es aceptar vivir en paz con la ofensa. Es difícil cuando la herida ha atravesado el ser entero hasta marcar el cuerpo como un tatuaje letal. Recientemente he debido sufrir una operación en las piernas; los golpes de mi padre provocaron algunos estropicios físicos irreparables. El dolor se despierta con frecuencia, y con él, la memoria.

    Para perdonar, es preciso recordar. No hay que esconder la herida, enterrarla, sino, al contrario, exponerla al aire, a la luz del día. Una herida escondida se infecta y destila su veneno. Es preciso que se la vea, que se la escuche, para poder convertirse en fuente de vida.

    Yo doy fe de que no hay herida que no pueda ir cicatrizando lentamente gracias al amor.

    Tim Guénard, Más fuerte que el odio, Ed.Gedisa, Barcelona 2016, p. 281-282.

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