• El verdadero loco

    «[…] Una cierta forma y figura logra realmente configurarse ante los ojos de quien interroga con lucidez a la literatura que va desde la Edad Media a nuestros días y busca en ella eso que nos es inmediatamente afín, que nos conmueve y nos desconcierta. En la época de los caballeros el Parsifal, durante el humanismo el Elogio de la locura, durante el barroco Don Quijote  y el Simplicissimus. Y cuando nos hemos fijado en esta galería de locos y bufones representativos, advertimos la presencia de una ingente multitud de existencias paradójicas, desde los goliardos y François Villon, pasando por La nave de los locos de Brant, a Quevedo, a Goya, pero también desde los cómicos y trágicos locos de Shakespeare (Hamlet, Lear, Edmond) al maestro de capilla Kreisler, al Idiota de Dostoyeski, a Rouault, a Hofmannstahl, a Chesterton y Unamuno. ¿Por qué toda esta obstinación temática?

    El héroe clásico puede todavía ser “bello” sin sus dioses, pero ya no es glorioso y pronto terminará por aburrir. En cambio, el verdadero loco se rodea de un resplandor de inconsciente e involuntaria santidad. Él es el hombre indefenso, de la apertura a lo alto, de la trascendencia realista. El “hombre clásico” en una época poscristiana es aún, en su belleza, siempre en cierto modo un melancólico. El auténtico loco no lo es. Al estar siempre “fuera de sí”, le falta el substrato que le hace tener los pies en la tierra. Es el más cercano al santo, más cercano a menudo que el hombre moralmente logrado que se preocupa de su propia perfección. Los rusos han comprendido que el loco pertenece a Dios, posee un ángel personal y es digno de respeto religioso. Y sin embargo, el loco no es el santo; no corre en ningún momento el peligro de purismo o de aislamiento…».

    «Don Quijote es sencillo. “Tiene un alma como un cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna: un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esa sencillez le quiero como a las telas de mi corazón”, dice Sancho».

    H. U. v. Balthasar, Gloria 5, Encuentro 1988, p. 137, 163.

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