• El vértigo de ser libre

    Todo aquello que saldrá de la boca de ese Todopoderoso no será otra cosa que mensajes de íntima consumación de su criatura y por tanto de su liberación, porque la libertad no es, en absoluto, el rechazo de los yugos que vejan y que desfiguran la plena realización del hombre. Una liberación tal no es sino algo preliminar de la libertad, la cual implica, además, la posibilidad de realizar en profundidad aquello para lo que uno existe, de encontrar uno su explicación profunda, de llegar a realizarlo. La liberación de poderes usurpadores no es sino la puerta que permite acceder a la libertad, pero el camino de la libertad es la plenitud del ser. Y sólo aquel que le modela permite a este ser alcanzar en verdad su plenitud, sólo aquel entre cuyas manos él se transforma, de ideal soñado en semilla y en ser naciente, y a continuación en ser pleno y fecundo; y es en las mismas manos en las que él recorre ese camino y es sin dejar esas manos como el hombre logrará conquistar su libertad. Si las abandona se encuentra en estado de privación y de angustia.

    No debe el hombre ni siquiera pensar en tener necesidad de ser su propio dueño. Solamente quien ha sufrido el poder de tiranos puede dejarse llevar por un tal ensueño, incluso en el caso de que la influencia de ese tirano sea tan astuta como la del tentador. Lo que el hombre desea en realidad es permanecer en las manos de un señor que tenga verdadero derecho de serlo, que no usurpe esa soberanía todopoderosa. Si tras haber expulsado a los tiranos el hombre no tiene ya señor, rápidamente se encuentra como una brújula loca y en seguida se da cuenta de que no cosecha otra cosa que la nada. Desconociendo la verdad del fruto que él está llamado a producir el hombre busca otra vez señores que, si bien no le llevan a la fecundidad real y total que le daría plenitud, le ayudarán a liberarse de una cierta angustia y del temor de vacío que le asedia y que le permitirán al menos hacer algo, aunque sea ilusorio y nefasto, que le permitirán no quedarse como un átomo aislado sino incorporarse a un organismo que funcione y del que se desprenda un entusiasmo que dé una cierta impresión de eficiencia. Y aquello que se prefiere a la soledad puede ser el sistema destructor de un poder totalitario. Incluso, aunque le aplaste, le arranca al hombre su vértigo tenebroso ante su nada inútil.

    Dominique Barthelemy, O.P., Dios y su imagen. Esbozo de una Teología Bíblica. Fundación Maior, Madrid, 2012. Págs. 83-84

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