• En busca de autor

    El teatro es, desde su inicio, el espacio donde se representan nuestras propias vidas. Desde la butaca nos vemos a nosotros mismos en tal o cual situación, con aquellos miedos y aquellas emociones y aquellos dolores. Por lo que tiene de cómico, y de dramático y de trágico se dibuja nuestra vida como algo más grande que nosotros mismos, que no podemos explicar, que nos supera.

    Así los dioses en el teatro griego son tan importantes: esos personajes ocultos, pero continuamente aludidos, que manejan la existencia de los personajes. No aclaran el misterio –ni se concibe que lleguen a hacerlo–; simplemente lo trazan, lo constituyen. El Destino de cada hombre está en las manos de ellos; el héroe es quien sabe abrazarlo con valentía.

    Siglos después la fe cristiana dio lugar a un nuevo teatro, con sus formas propias. Ahora se trata de mostrar el drama de la vida en Cristo: y vemos aparecer a personajes que dicen sí a una existencia a menudo difícil, vemos graciosos que saben celebrar la existencia y hacernos reír, y amantes que hablan de su amor, humano, como algo glorioso reflejo del amor de Dios, hay poderosos que representan el poder divino, y aquellos que perdonan como Dios padre perdona…

    Pero transcurren los siglos y Nietzsche llega a afirmar: «Cristo ha muerto: el teatro ya no tiene sentido». Algo después Luigi Pirandello pone magistralmente esta cuestión sobre la escena. Sus Seis personajes en busca de autor interrumpen un ensayo buscando resolver su drama. Porque su ser, el de personaje, (según dicen más real que el de los propios actores) necesita de un actor que los encarne y también de un autor que los saque de su drama hacia nuevas escenas. Sin un autor capaz de abarcar algo más que lo que cada personaje ve, permanecerán anclados por siempre al instante de sus vidas que conocen, en el que surgió el drama que cada uno vive.

    Se diría que esta obra, que cumple un centenario el próximo año, está pensada para nuestro mundo de hoy, donde parece que no vemos a autor alguno que gobierne nuestras vidas, quizá porque nos hemos creído capaces de construir nuestro propio personaje, en lugar de recibirlo de otro, porque queremos trazar nuestro propio drama e incluso resolverlo por nosotros mismos.

    Por suerte aún existe arte, cuya respuesta es mucho más poderosa que la de cualquier especulación filosófica. La misma obra de Pirandello es la respuesta a esta cuestión: volvemos a percibir lo mismo que ya nos había dicho Calderón siglos antes en El gran teatro del mundo –es curioso cómo de semejantes resultan ambas obras para el espectador–. Pirandello y Calderón, desde culturas muy distintas, se encuentran en el punto esencial: sin autor no hay teatro. No hay teatro como expresión artística, pero como este arte representa la vida misma, se concluye que tampoco hay vida, al menos vida plena.

    Con ambas obras se hace claro que cada uno hemos recibido un papel, perfectamente real, y que nadie debe representarlo más que uno mismo. Y que si huimos de él seremos presa de un drama no resuelto, porque el autor tenía para nosotros otro plan trazado. Porque no somos autores, somos personajes.

    «Padre, ¿por qué me has abandonado?». Cristo ya se sintió sin autor por un día. No hay camino que Él no haya recorrido antes: no cabe, por tanto, el miedo ante los derroteros de nuestro mundo de hoy, en el que parece no haber rumbo, porque parece no haber autor. Ya por Él sabemos que todos los caminos son ocasiones nuevas para el amor. Podemos volver la mirada a nuestros hermanos los griegos: ciertamente no corresponde a los hombres entender el misterio, pero sí abrazarlo con corazón generoso.

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