• He visto a Marte y Venus

    «¿Pero de dónde venía aquella curiosa diferencia entre ellos? Descubrió que no podía señalar ningún rasgo aislado en el que residiera la diferencia, aunque era imposible ignorarla. […] Malacandra era como el ritmo y Perelandra como la melodía. Malacandra le impactaba como un ritmo cuantitativo y Perelandra como un metro rítmico. El primero sostenía en la mano algo como una espada, pero las manos del otro estaban abiertas, con las palmas hacia él. […]

    Todos deben haberse preguntado alguna vez por qué en casi todos los idiomas ciertos objetos inanimados son masculinos y otros femeninos. ¿Qué hay de femenino en una montaña y qué de masculino en ciertos árboles? Ransom me ha curado de creer que se trata de un fenómeno puramente morfológico, que depende de la forma de la palabra. Menos aún es el género una extensión imaginativa del sexo. Nuestros ancestros no hicieron que las montañas fueran femeninas porque proyectaran en ellas las características de las hembras. […]

    Lo masculino y lo femenino nos salen al encuentro. Todo esto Ransom lo vio, por así decirlo, con sus propios ojos. Él, de Malacandra, era masculino; ella, de Perelandra, era femenina. Para él Malacandra tenía el aspecto de alguien de pie, armado, en las murallas de su mundo remoto y arcaico, en vigilancia continua, con los ojos recorriendo siempre el horizonte. “Una mirada de marino” me dijo Ransom una vez. En cambio los ojos de Perelandra se abrían, por así decirlo, hacia dentro, como si fueran el acceso encortinado a un mundo de olas y murmullos y aires vagabundos, de vida que se hamacaba en los vientos y salpicaba rocas cubiertas de musgo y descendía como el rocío y se alzaba hacia el sol en una delicadeza de neblina, tenue como la espuma. En Marte, hasta los bosques eran de piedra; en Venus las tierras nadaban. Porque ahora ya no pensaba en ellos como en Malacandra y Perelandra. Los llamaba por los nombres terrestres. Con profunda maravilla pensó para sí, “mis ojos han visto a Marte y Venus. He visto a Ares y Afrodita”».

    C. S. Lewis, Perelandra, cap. 16.

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