• La educación de los hijos

    “… La educación de los hijos es una tarea de adultos dispuestos a entregarse olvidándose de sí mismos. El bien de vuestros hijos lo elegirán ellos: no proyectéis en ellos vuestros deseos. Basta que aprendan a amar el bien, a guardarse del mal y que les horrorice la mentira. No pretendáis planificar su futuro: sed vosotros serios, para que ellos afronten el futuro con entusiasmo aunque se olviden de vosotros. No alentéis en ellos ingenuas fantasías de grandeza, pero si Dios les llama a algo bello y grande no seáis el lastre que les impida volar. No os arroguéis el derecho de tomar decisiones por ellos, sino ayudadles a comprender que hay que tomar decisiones para que no se asusten si lo que desean les supone un esfuerzo y, a veces, les hace sufrir: es mucho más insoportable vivir para nada.

    Les ayudará más vuestra estima y la confianza que ellos tengan en sí mismos que los consejos que les podáis dar; les ayudarán más los gestos que vean en casa que mil recomendaciones sofocantes: el afecto sencillo, seguro y expresado con pudor, la estima mutua, la mesura, el dominio de las pasiones, el gusto por las cosas bellas y el arte, la fuerza incluso para sonreír.

    Todos los discursos sobre la caridad no me enseñarán más que el gesto de mi madre haciéndole un hueco en la mesa a un mendigo, y no encuentra un gesto mejor para expresar la dignidad de ser hombre que el de mi padre defendiendo a un hombre acusado injustamente.

    Que vuestros hijos vivan en vuestra casa con ese sano encontrarse a gusto que te hace estar a tus anchas y te invita también a salir de casa, porque te da la confianza en Dios y el gusto de vivir bien”.

    SAN AMBROSIO. SIGLO IV

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