• Las alegres comadres de Windsor

    Esta comedia, según se dice, fue un encargo a William Shakespeare de la reina Isabel que, entusiasmada con el personaje de Falstaff, aparecido en obras anteriores de nuestro autor, deseaba verlo como protagonista de una intriga de amores.

    Falstaff, tal vez el personaje cómico más memorable en toda la creatividad literaria inglesa tiene según Chesterton todos los vicios, menos uno: la soberbia. Es todo menos un fariseo, un hipócrita. Sabe lo que es y no intenta disimularlo, ni ante los demás ni ante sí mismo. Paradójicamente, queda en él un antiguo sentido de la caballería que no es el de las prevenciones puritanas que se introducían en la sociedad de nuestro autor, sino el de la nobleza de un corazón capaz de reírse de sí mismo. Esta obra es, en opinión de Chesterton, la mejor de Shakespeare; quizá porque a él le gustaba más la comedia que la tragedia.

    Es fácil preguntarse por el sentido de la existencia al contemplar una tragedia: la situación que vive el héroe hace que las preguntas broten solas. En la comedia, sin embargo, contemplamos situaciones divertidas de la vida común. Bajo la mirada del poeta lo banal es revelador de algo grande, lo común, sorprendente, lo sencillo, gracioso. Él necesita, en palabras de Goethe, “una bonachona prudencia, enamorada de lo real, tras lo cual se esconde lo absoluto”. En estas obras la exigencia para el público no es pequeña: se trata de soltar todos nuestros cuidados y estar dispuestos a celebrar ahora la vida que se nos presenta, en algo que se acerca al espíritu de los niños, más próximos normalmente al misterio que nos rodea y a la risa.

    Desde luego, todos tenemos experiencia de comedias transformadas en burla de otro o en cinismo: en ambos casos subyace un resentimiento que es en realidad una maldición de la propia existencia. Por eso la comedia puede ser más difícil de representar que la tragedia. Hans Urs von Balthasar lo expone así: “Donde se acepta lo cómico en su inmediatez (sin coloración ideológica) es una aproximación al impenetrable sentido de la totalidad tan legítima como lo trágico; uno y otro tienen su lugar, uno junto a otro pero sin mezclarse, y desbordaría las atribuciones del hombre intentar que uno se suprima en el otro o que ambos coincidan. “Hay tiempo de llorar, tiempo de reír, tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar” (Eclesiastés, 3,4) Ambos remiten a un absoluto, pero el hombre no ve el punto en que ambas líneas se cruzan en el infinito.”

    Nuestra comedia, finalmente, termina dentro de eso que, según Balthasar, es el elemento distintivo de la obra de Shakespeare: el perdón. Pero no podemos extendernos ya más, quizá sea tema para otro número de nuestro boletín.

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