• Las olas y el mar

    «Las olas vienen y van, nadie las puede aferrar, nunca pueden ser calculadas de antemano. Si se intenta perseguir a las ondas que se acercan y vuelven a su origen, la mirada fracasa y debe darse por vencida. El mar como imagen de lo infinito, de la eternidad. Las olas como el momento que viene y pasa, pero siempre de nuevo está allí y algo exige. La misión viene del Dios infinito impregnada de eternidad y se despliega en decisiones y respuestas rápidas, momentáneas. En la orilla se tiene la impresión conmovedora de ser aferrado por un acontecimiento eterno. Y si nos sobresalta la angustia por haber descuidado una ola, por haber dejado pasar una decisión a tomar, volvemos a tranquilizarnos pues siempre vienen nuevas olas y son exigidas nuevas respuestas, tan rápido que la nueva ola ya está allí antes de que la última se haya expandido en la arena y retirado. La pequeña ola es como la acción, el mar inmenso como la contemplación: ambos configuran una unidad perfecta. […]

    El hombre debe actuar, pero no puede actuar sino a partir de la contemplación, sólo puede tomar sus pequeñas decisiones en el interior de la gran decisión de Dios. Esto también le confiere un sentimiento de protección: en su repliegue, la ola vuelve a estar protegida en el mar, agua en el agua, sin deber preservar su forma personal. Así es la multitud de acciones: en Él tienen su solidez y su permanencia. Y el movimiento vuelve a comenzar permanentemente: cada ola recibe su perfil propio, cada una lo vuelve a perder y desaparece en el todo. La ola permanece presente en la Omnipresencia, contenida en la gran libertad de las aguas: en su hogar, desde donde salió y fue enviada. […] El mar la ha prestado de algún modo a la arena, pero se mantiene la pertenencia al origen. Así, la contemplación del mar se transforma en un aliento para la oración, también para la gratitud. Es bueno sabernos protegidos, nosotros y nuestra oración: bueno para conocer la unidad infinita, para sentir siempre de nuevo el amor de Dios a través de todas las cosas y poder regresar al Amor».

    Texto del diario “Tierra y cielo”, citado en Primera mirada a Adrienne von Speyr, Ediciones San Juan, p. 283.

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