• Paz profunda, silenciosa, escondida

    «…El cristiano tiene una paz profunda, silenciosa, escondida, que el mundo no ve, como un pozo en un lugar apartado y umbrío, de difícil acceso. […] Puede reposar su cabeza en la almohada al acostarse, y reconocer ante la mirada de Dios, con el corazón desbordante, que no le falta nada –que “tiene de todo y en abundancia”–, que Dios lo ha sido todo para él. Ciertamente necesita más gratitud, más santidad, más cielo, pero el pensar que puede tener más no es un pensamiento de desazón, sino de alegría. No perjudica su paz el saber que puede llegar más cerca de Dios […]. El cristiano es alegre, sencillo, amable, atento, sincero y sin pretensiones; no hay en él pretextos y disimulos, ambiciones y singularidades; porque no tiene esperanzas ni temores por lo que se refiere a este mundo. Es reflexivo, sobrio, discreto, circunspecto, comedido, indulgente, con tan pocas cosas en él fuera de lo corriente o que llamen la atención en su talante, que se le puede tomar fácilmente a primera vista por un simple hombre como los demás. Hay personas que piensan que la religión consiste en éxtasis o en discursos prefabricados. El cristiano no es de éstos».

    John Henry Newman, Parochial and Plain Sermons V, 5

    —–

    «Dios te mira, seas quien seas. Y te llama por tu nombre. Te ve y te comprende, él, que te ha hecho. Todo lo que hay en ti, lo sabe: todos tus senti-mientos, tus pensamientos, tus inclinaciones, tus gustos, tu fuerza y tu debilidad. No se preocupa de ti solamente porque formas parte de su creación, ya que Él cuida incluso de los gorriones, sino porque tú eres un hombre rescatado y santificado, su hijo adoptivo, y gozas en parte de esta gloria y de esta bendición que eternamente Él derrama sobre el Hijo único.

    Tú has sido escogido para ser su propiedad. Tú eres uno de aquellos por quienes Cristo ha ofrecido al Padre su última plegaria y la ha sellado con su sangre preciosa. ¡Qué pensamiento

    tan sublime, un pensamien-to casi demasiado grande para nuestra fe! […] ¿Qué es el hombre, quiénes somos nosotros, quién soy yo, para que el Hijo de Dios se acuerde tanto de nosotros? ¿Quién soy yo para que me haya renovado totalmente, y para que haga de mi corazón su morada

    John Henry Newman, Parochial and Plain Sermons III, 9

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