• Simple marinero

    «Llamadme Ismael. Hace algunos años, cuando me encontraba con muy poco o ningún dinero en el bolsillo y nada especial que me interesara en tierra, se me ocurrió ponerme a navegar, con el fin de conocer los mares del globo terráqueo. Siempre que empiezo a sentir que un rictus sombrío me contrae los labios, que los ojos se me nublan y que la melancolía se apodera de mi alma, creo llegado el momento de hacerme a la mar lo más aprisa posible. […] Lo que no significa que se me ocurra navegar nunca como pasajero. Porque, para navegar como tal, es preciso tener bolsa, y ¿qué es la bolsa más que un trapo, a menos que vaya repleta? No; jamás voy de pasajero, ni de comodoro, ni de capitán, ni de cocinero. […] No, cuando yo me embarco, lo hago como simple marinero, como marinero raso, de esos que viven en lo más profundo del castillo de proa y que gatean a los mástiles cuando la maniobra lo requiere.

    No niego que ello implica verse zarandeado de un lado para otro y tener que saltar de mástil en mástil como un saltamontes en prado de mayo. Confieso, asimismo, que resulta bastante desagradable al principio. Se siente uno tocado en el amor propio. Y es mayor aún la humillación que se experimenta cuando, poco antes de ensuciarse las manos con el cubo de alquitrán, ha estado uno desempeñando el cargo de maestro de escuela y haciendo temblar a los muchachos creciditos. Puedo asegurar que la transición de maestro de escuela a marinero es bastante brusca. Pero hasta a eso acaba uno por acostumbrarse con el tiempo. […]

    Sí, son muchas las veces que después de un trabajo rudo e ininterrumpido, que dura a veces noventa y seis horas de un tirón, cuando dejan el bote, donde se han hinchado las muñecas de estar remando todo el día, sólo suben a cubierta para cargar con enormes cadenas, hacer funcionar el cabestrante, cortar y rasgar, ser ahumados y quemados nuevamente por el calor combinado del sol y de las calderas. Cuando, inmediatamente después de todo esto, llegan a hacer la limpieza del barco y convertirlo en algo inmaculado, más de una vez, al abrocharse los botones de la ropa interior limpia, oyen el grito de “¡Ahí sopla!” y corren a luchar con otra ballena y pasar, nuevamente, por todo lo que acaban de terminar. ¡Amigos míos! ¡Eso es como para matar a cualquier hombre! Sin embargo, así es la vida. […] Exhalamos el espíritu y nos hacemos a la vela para luchar contra otro mundo y pasar por la rutina de la vida otra vez».

    Herman Melville, Moby Dick, Ediciones Perdidas, p. 27, 29, 589.

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