• Sobre hombros más anchos

     «Más tarde, fray Cadfael reflexionó sobre lo que sucedió después, y se preguntó si la plegaria podría tener efectos retrospectivos sobre los acontecimientos, amén de influir en el futuro. Lo ocurrido ya había ocurrido y, sin embargo, ¿la situación hubiera sido la misma si él no se hubiera encaminado directamente a la iglesia cuando Felipe se fue, impulsado por la apremiante necesidad de encomendar a Dios el buen fin de sus esfuerzos que tan estériles le parecían en aquellos momentos? Era una cuestión teológica extremadamente compleja y delicada que jamás se había planteado anteriormente, que él supiera, o que, de haberse planteado, ningún teólogo se había atrevido a dilucidar, probablemente por temor a ser acusado de herejía.

    Sea como fuere, Cadfael, que se había perdido algunos oficios religiosos durante el día, sintió la urgente necesidad de encomendar sus vanos esfuerzos a unos ojos que lo veían todo y a un poder capaz de abrir todas las puertas. Eligió la capilla del crucero. Ahora tenía tiempo para arrodillarse y esperar tras sus infructuosos esfuerzos, como un hombre que lucha denodadamente por coronar la cima de una montaña, sabiendo que existe una fuerza capaz de inclinar la montaña. Rezó una oración para que Dios le concediera paciencia y humildad y después rezó por Emma, por el alma de amaese Tomás, por el niño que iba a nacer de Aline y Hugo, por el joven Felipe y por los padres que lo habían recuperado, y por todos los que sufrían injusticias y agravios y a veces olvidaban que les quedaba un recurso muy superior al aguacil.

    Después se levantó para cumplir su principal deber, pese a la gravedad de los asuntos que reclamaban a gritos su atención. Llevaba dieciséis años supervisando el herbario y los productos que de él se derivaban, y sus remedios eran apreciados más allá de los muros de la abadía. Cadfael se encaminó hacia la cabaña con el corazón más tranquilo, tras haber descargado sus cuitas sobre hombros más anchos que los suyos».

    ELLIS PETERS, Un asesino en la feria, Grijalbo, pp. 217-218.

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