• ¡Tenían de todo!

    «Maigret también se sentía incómodo cuando le parecía que algo no funcionaba correctamente.   En tales casos, intentaba comprender, metía la nariz en todas partes, olfateaba.

    ¿Qué es lo que no funcionaba correctamente en aquel país, donde tenían de todo?

    Los hombres eran altos y fuertes, sanos, limpios y más bien alegres, en general. La mujeres eran casi todas guapas. Las tiendas rebosaban de género y las casas eran de lo más confortable que se pueda imaginar, había cines en todas las esquinas, nunca se veía un mendigo y la miseria parecía algo desconocido.

    El embalsamador pagaba un programa de música por la radio, los cementerios eran parques deliciosos y nadie veía la necesidad de rodearlos con muros y verjas como si les dieran miedo los muertos.

    Las casas también estaban rodeadas de césped, y, a aquella hora, los hombres regaban la hierba y las flores. No había vallas, ni setos, para separar los jardines unos de otros.

    ¡Tenían de todo, demonios! Lo tenían todo científicamente organizado para que la vida les resultara lo más grata posible, y ya al despertar tu emisora preferida te deseaba cariñosamente una alegre jornada en nombre de una marca de porridge, sin olvidar tu cumpleaños llegado el momento.

    ¿Por qué, pues? ¿Por culpa de esa pregunta, sin duda, no podía quitarse de la cabeza a aquellos cinco hombres de los que nunca en la vida oyó hablar, ni a aquella Bessy que estaba muerta y a la que no había visto ni en pintura, ni a los demás personajes que desfilaban por la sala del tribunal.

    Muchas cosas varían de un país a otro. Otras son iguales en todas partes.

    Pero, ¿quizá lo que más cambia de apariencia más allá de las fronteras sea la miseria?

    La de los barrios pobres de París, la miseria mugrienta de (…)

    Era una miseria que uno podía entender, remontar a su origen y seguir sus progresos.

    Aquí, sospechaba la existencia de una miseria sin andrajos, bien lavada, una miseria con cuarto de baño, que le parecía más dura, más implacable, más desesperada».

    G. Simenon, Maigret en los dominios del córoner, Ed. Acantilado 2013, p.67-68

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