• Thornton Wilder

    Hans Urs von Balthasar nos llama la atención sobre la obra de este escritor estadounidense, arqueólogo de formación, no tanto porque vacíe totalmente el escenario y no necesite más que un par de sillas para llevar a cabo, juntamente con los espectadores, el “experimento existencia”, sino porque renuncia a los dos pilares del drama clásico: la “gran personalidad”, el “personaje característico”, de un lado, y la “acción significativa”, de otro.

    En las obras de Thornton Wilder no hay grandes personajes ni grandes historias. Se trata “sólo” del discurrir de vidas sencillas, como las de cualquiera. Pero bajo su mirada, cargada de ternura, cada pequeño suceso se convierte en algo grande: en una ocasión única que, irreversiblemente, decidirá lo que luego suceda.

    Desde el patio de butacas descubrimos la trascendencia que se esconde en un solo instante: como una flecha que se ensartase en la línea del tiempo es el lugar de la intersección entre la dimensión horizontal del tiempo con la vertical.

    Porque esas vidas corrientes, en realidad, no son sólo eso; forman una historia que nos incluye. En palabras de Wilder: Cualquier acción que ha sucedido alguna vez -cada pensamiento, cada emoción- ha ocurrido sólo una vez en un lugar y momento concreto del tiempo. “Te quiero”, “Me alegro”, “Sufro” se han dicho y sentido muchos billones de veces, y nunca dos veces igual. Toda persona que haya vivido ha vivido una continua sucesión de ocasiones únicas. Sin embargo, cuanto más consciente es uno de esta individualidad de experiencia más atento se vuelve hacia lo que estos dispares momentos tienen en común. Lo que vemos sobre el escenario es el amor, la alegría, el sufrimiento que atraviesan algunas personas, y el amor, la alegría, el sufrimiento que atravesamos todos. El teatro está admirablemente equipado para contar ambas verdades. Tiene un pie firmemente plantado en lo particular, ya que cada actor ante nosotros es un “ser” vivo que respira; sin embargo tiende y se fuerza en exhibir una verdad general ya que su relación con una verdad específica “realista” es confusa e indeterminada: es una acumulación de falsedades, apariencias y ficción.

    El escenógrafo, por tanto, no tendría que preocuparse por mostrar cosas “reales”, sino por poner lo “real” bajo la luz, todavía más real, que le da sentido trascendente. Lo fingido que ahí vemos: que esa joven es la mujer del César, que la gente puede ir por la vida hablando en verso libre, que ese hombre acaba de matar a ese hombre… todas esas “mentiras” sirven sólo para mostrar una verdad más grande, la que da sentido a la obra. Por eso no puede haber sobre la escena nada que, por dotarla de una “realismo” superficial que anule su profundidad real, nos distraiga o nos aleje de la grandeza de esa existencia, que es la de todos.

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