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  • Todo esto se me escapa

    «El publicano permanece de pie, atrás, en el último lugar, el lugar de su propia debilidad. Conoce su debilidad y la acepta, e incluso hasta cierto punto se ha reconciliado con ella, aunque al mismo tiempo, clama a Dios desde lo más profundo de su corazón. Él es el que toca el punto más bajo, el suelo de su ser y de sus más profundos sentimientos, de modo que es espontáneo, verdaderamente auténtico, y realmente humilde. El contraste lo encontramos en el fariseo: el bien intencionado, pero que simplemente busca la perfección humana. El ideal de perfección, con todas sus muchas representaciones, como la de escalar la cima de una montaña, o tener éxito en alguna empresa heroica, formaba probablemente parte del bagaje con que el joven novicio llegaba a la comunidad, al igual que también forma parte para la mayoría de nosotros, animados por este mundo en el que vivimos, orientado al éxito, con sus expectativas y logros.

    Esta presión por lograr el éxito, este ideal egocéntrico, podría también estar algo arraigado en nuestro subconsciente, ya sea debido a una necesidad de amor o de seguridad, o tal vez por la figura autoritaria del padre omnipresente. Vivir un ideal de perfección impuesto, ya sea externa o internamente, o estar sometidos a un tipo de devoción legalista, tiene muchos peligros, como muy bien sabemos. A menudo significa vivir con miedo o actuar inspirado por patrones de conducta influidos por el miedo. A largo plazo no reporta ningún dividendo, excepto la ansiedad, la tensión y la falta de libertad.

    Por el contrario, solamente cuando admito mi debilidad y admito la necesidad de ayuda, puedo comenzar este extraordinario proceso que consiste en ascender descendiendo. El ser emplazado en el punto cero, significa renunciar a la falsa identidad propia. Puede ser que solo sea una especie de crisis, o el duelo, en todas las diversas formas que adopta (del que la muerte es una de ellas, a veces comparativamente sencilla), lo que nos da la oportunidad de permitir a nuestros anhelos más profundos, a nuestras necesidades y a nuestros problemas, aflorar a la superficie y asignarles el lugar correcto. Solamente entonces, cuando todo el andamiaje sufre sacudidas, puedo admitir lo mucho que necesito ser rescatado. Solamente entonces (por cambiar la metáfora), cuando las paredes y murallas hayan sido demolidas, y haya renunciado a mis planes de perfección humana, todo será posible. André Louf dice que cuando podemos decir “¡todo esto se me escapa!” es cuando, en palabras de San Moisés el negro, “Dios viene al rescate con su milagro”».

    Esther de Waal, El camino de la simplicidad. La tradición cisterciense, p. 116-117.

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