• La espiritualidad de la bicicleta

    «“Id…”, nos dices en todos los momentos cruciales del Evangelio.
    Para coincidir con tu sentido hemos de ir,
    aunque nuestra pereza nos suplique que nos quedemos.
    Nos has elegido para estar en un extraño equilibrio.
    Un equilibrio que sólo puede establecerse y mantenerse
    en movimiento,
    en el impulso.
    Es algo similar a una bicicleta,
    que no se tiene en pie sin avanzar,
    una bicicleta que está apoyada contra una pared
    mientras no nos montamos en ella
    para hacerla marchar velozmente por la carretera.
    La condición que nos ha sido dada
    es una inseguridad universal, vertiginosa.
    En cuanto nos detenemos a observarla,
    nuestra vida se tuerce y flaquea.
    Sólo podemos mantenernos en pie para caminar,
    para lanzarnos en un impulso de caridad. […]
    Te niegas a darnos un mapa de carreteras.
    Hacemos el camino de noche.
    Cada uno de los actos que realizamos se van iluminando
    como señales que se relevan.
    A menudo, lo único garantizado es este puntual cansancio
    del mismo trabajo que hay que repetir cada día,
    de la misma limpieza que hay que recomenzar,
    de los mismos defectos que hay que corregir,
    de las mismas tonterías que hay que evitar…
    Pero aparte de esta garantía,
    todo lo demás depende de tu fantasía».

    Madeleine Delbrêl, La alegría de creer, Editorial Sal Terrae, p. 87-88.

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