• Siempre ya en comunión

    “Dios no permite a nadie transcurrir su existencia en aislamiento. Se nace necesariamente en una comunidad. Pero ésta, no obstante su evidencia, no deja de ser algo misterioso. Por un lado se da el misterio de un niño que viene al mundo en una familia, hecho que supera las ideas, proyectos y capacidades de los padres: el misterio del alma de su hijo queda totalmente sustraído a su poder, pertenece sólo a Dios, a quien pertenece la vida. Esta alma es únicamente confiada a la comunidad familiar, no le es dada en propiedad. El niño llega a la comunidad que lo acoge perteneciendo ya a Dios. La comunidad, por otra parte, es más que la suma de los miembros que la forman. Ella misma es también un misterio que está en las manos de Dios. Toda comunidad cristiana procede de Dios y va hacia Dios y es un misterio de vida en Él. En la verdadera comunidad se da, por tanto, no sólo el misterio de la fecundidad que hace nacer una vida nueva en la forma de un niño, sino también el misterio de esa fecundidad que lleva de nuevo a la unidad todo lo que hay en cada uno de los miembros que se aman y, de este modo, dona a ellos vida nueva.

    padre e hija

    El que entra en una comunidad cree saber quién es. Por medio de la comunidad, sin embargo, se convierte en otro, distinto del que era y esto desde lo más hondo. El yo se transforma en las manos del tú. Y esto no sólo a causa de la mutua influencia de los que forman una comunidad, sino también porque Dios da nueva vida al yo por medio de la comunidad, la cual a su vez recibe de Dios siempre nueva influencia de vida. Esta vida nueva no se puede explicar ni simplemente a partir del yo ni simplemente a partir del tú, sino únicamente a partir del “más” que es la comunidad y que implica una participación en la vida eterna de Dios.

    Esta visión cristiana de la comunidad humana no significa en la vida concreta una armonía sin tensiones. Entre individuo y comunidad ha existido siempre una tensión que no se puede cancelar a favor de ninguno de los dos términos. Es importante reconocer esta tensión y su significado cristiano, porque la fe no resuelve simplemente la tensión. En cierto sentido la intensifica, pero no sin situarla en el campo del amor que viene de arriba, que sabe afirmar la preeminencia del bien común precisamente afirmando lo absoluto e intocable de cada persona”.

    RICARDO ALDANA, Todo consiste en Él, Ed. Encuentro, Madrid, 2005, pp. 49-50.

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