«Una vez más, “la belleza” desenmascara la ideología –una belleza que es tan ética como estética. Un rayo de belleza que sale de donde menos lo esperamos, en lo que parece “humilde, gris, muy pobre”. Percibir esto es ser cambiado. Compartirlo con otros, alcanzarlo juntos, es amar; amar de este modo es “no pertenecer ya a este mundo”. […]
La belleza despierta al hombre del estupor del cinismo, haciéndole ver que ninguna vida humana puede ser contenida en una abstracción. Tiene un impacto sorprendente en la experiencia del tiempo, que resulta ser, no un valor absoluto, sino algo relativo y, claro está, temporal: una vez que son conscientes de la belleza, los seres humanos se dan cuenta de que son portadores de una realidad más grande, que, cuando capta un eco de sí mismo en el universo, vence al tiempo, introduciendo una dimensión en la cual solo la palabra perdura. La belleza finalmente forja la comunión entre las personas señalando un campo universal en el que la soledad individual cesa a la vez que las personas perduran. En ese mundo, más allá de la vida y de la muerte, el amor está como en su casa. Y a ese “allí” se puede acceder desde este “aquí”. Podemos encontrar la eternidad “ahora”».
Erik Varden, La explosión de la soledad. Sobre la memoria cristiana, Fonte Monte Carmelo, p. 159-160.
Otro texto del mismo autor: A través del desorden
Etiquetas: Belleza, Esperanza, Espiritualidad
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