• El espíritu de infancia

    “[…] A medida que el tiempo pasa, tenemos el peligro de volvernos fríos de corazón. Los disgustos, las preocupaciones, los desengaños, todo tiende a embotar nuestros afectos y a hacernos insensibles; en especial, la búsqueda de las riquezas. Y, peor aún, muchas veces nos aqueja la idea de creernos más importantes de lo que realmente somos. Por ejemplo, si hemos prosperado en los negocios, si subimos en eso que se llama la escala social, si nos hacemos un nombre, si cambiamos de estado al casarnos o de cualquier otra manera, y con ello creamos una escondida envidia en el alma de nuestros compañeros, en todos esos casos nos veremos expuestos a la tentación del orgullo.

    […] Lo que sí sabemos, en cambio, por nuestros recuerdos y por nuestra propia experiencia de la infancia, es que en el alma del niño hay, en los primeros años después del bautismo, un discernimiento del mundo invisible en las cosas visibles, una captación de lo Soberano y Adorable, y una incredulidad e ignorancia acerca de lo perecedero y cambiante, que deja marcado en el alma un emblema propio del cristiano maduro, que se ha emancipado de las cosas del mundo y vive en la convicción íntima de la Presencia de Dios.

    […] La sencillez con que el niño actúa y piensa, su pronta aceptación de lo que se le dice, su cariño ingenuo, su confianza franca, su desvalimiento evidente, su ignorancia del mal, su incapacidad para ocultar sus pensamientos, su conformidad, su rápido olvido de los problemas, su capacidad para admirar sin codiciar y, sobre todo, su espíritu de reverencia que mira todas las cosas a su alrededor como maravillas, prendas y figuras del Único Invisible, son todo pruebas de que, por así decir, hasta hace poco se encontraba en un estado de cosas más elevado. Bastaría con observar la seriedad y el asombro con que un niño escucha cualquier descripción o cuento, o también lo libre que está de ese espíritu de orgullosa independencia que se instala en el alma a medida que pasa el tiempo. Y aunque los niños suelen ser frágiles e irritables, sus pasiones van y vienen como los chaparrones; pero eso no nos impide sacar una provechosa enseñanza de su fe ingenua y de su inocencia”.

    JOHN HENRY NEWMAN, Sermones parroquiales II. Ed. Encuentro, Madrid, p. 78

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