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  • ¿Quién comprará?

    Who will buy my sweet red roses[1]

    En la película musical Oliver Twist (1968), cuando Oliver despierta por primera vez en casa de su benefactor, escucha el canto de una vendedora de rosas: who will buy my sweet red roses. Two blooms for a penny (vídeo). El tema es retomado por otras vendedoras y un afilador, hasta que se convierte en el tema del mismo Oliver: who will buy this wonderful morning. La escena se puebla más y más de los que empiezan un día de trabajo y entran en él con la vitalidad de una alegría extraordinaria. El cuadro termina con la unión de todos en el aplauso al paso de la banda del ejército y el tutti con un final who will buy

    El canto a esa mañana y la danza festiva en ella corresponden a una imagen del trabajo según la cual éste es gracia y juego. Un tratamiento artístico así del trabajo es posible sólo porque el arte consigue llegar a la primera luz de la creación, y puede hacernos ver lo que normalmente no vemos. En este caso, que el trabajo es un juego, o tal vez mejor, que es nuestro turno en un juego con el Creador, pues Él lo es tan a fondo que nos permite seriamente «recrear» lo creado por Él (G. MacDonald), o «subcrear» según Su ley (Tolkien), en el fondo «concrear» con Él.

    Pero esta imagen de la mañana de trabajo es cristiana. El trabajo como lo conocemos implica no sólo la alegría originaria, la del juego primero del ser, sino también el otro elemento de su pesantez, fruto del pecado; pero sobre todo el trabajo ha quedado marcado por la redención del pecado, por el gran «trabajo» de la cruz y el descenso del Señor a los infiernos, cuando el juego de la creación parecía haberse roto para siempre, pero que ha traído su rescate definitivo para que subsista eternamente como juego entre la obra del Padre y la obra del Hijo.

    Esto es lo que parece decirnos la vendedora de rosas cuando, con una melodía sencilla, propone su pregunta who will buy my sweet red roses, alcanzando una profundidad sorprendente. La pregunta es seria, ella no sabe la respuesta; ella ofrece algo suyo máximamente apreciado (my sweet), flores en las que el color es decisivo para que se pueda apreciar el valor de ellas. El aspecto comercial, que es explícito, queda envuelto en algo anterior y más decisivo. En la melodía, no sólo en la letra, hay temor (¿alguien las comprará?), pero hay más esperanza (¿quién será el comprador?) Hay el santo temor de los niños que no anticipan lo que esperan con expectación. Hay una cierta nostalgia que expresa el amor por las flores que ofrece y la decisión de destinarlas a otros.

    Pero la cuestión de fondo es cómo esta pregunta puede despertar la primera mañana de la creación, el primer día, del que todos vivimos (Péguy). Ciertamente no estamos ante la música más grande. Pero sí ante una gran imagen que honra cinematográficamente a Charles Dickens, autor de la historia Oliver Twist. Sin melodrama, con seriedad, hay que preguntar y responder a la pregunta: ¿existe esa mañana todavía en un mundo tan oscuro como el de Oliver y el de todos los demás huérfanos, que no tienen la fortuna de despertar como él, a salvo en la hermosa habitación que le ofrece la caridad de su benefactor?

    Y la respuesta es que sí. Existe si logra ser despertada. Y hay una melodía para despertarla que atraviesa la historia de la humanidad como una bendición, como la bendición que hace del primer sí también el último. No hay que pensar que esto es más poesía que realidad, que como poesía está bien, pero que como realidad hay que dejar estas cosas a un lado, como cuando termina una película y hay que enfrentarse con la «realidad». Más bien hay que pensar que, puesto que es poesía, es más real que nuestra mala prosa funcionalista que encuentra una «realidad» apenas real. Esa bendición se tiene que referir a verdaderas rosas rojas capaces de una nueva creación. Por eso en el canto de la vendedora de rosas hay que reconocer al Primero, al que se ha levantado con el alba para ofrecer a los suyos sus rosas, las heridas rojas que parecen ahora florecer de sus manos y pies. Son las llagas del Señor Jesucristo que convocan a la creación entera a su alabanza cotidiana y eterna, a la alegría de ser la alegría de Dios. Por eso puede cantar Oliver que conservará esa alegría infantil a lo largo de toda su vida (I would keep it as a treasure to last my whole life long).

    P. Ricardo Aldana, S. de J.

    [1] A Patricia Aldana

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