Textos Maior

  • Poder dejar

    «Hay una contradicción esencial que consiste en que el hombre quiere e incluso debe realizar algo imperecedero en lo transitorio. La contradicción no sólo no puede ser eliminada ni superada, sino que ella posee una necesidad paradójica, incluso una fecundidad paradójica […]

    Precisamente porque mi plazo de tiempo es finito, en el tiempo finito yo debo y también puedo configurar algo de lo cual me hago plenamente responsable. Si todo se extendiera indefinidamente perdiéndose en el horizonte, entonces yo podría una y otra vez revocar cada una de mis decisiones, todo sería reversible, todo giraría en círculo. […]

    El joven que tiene ante sus ojos miles de posibilidades para realizar su vida debe elegir: ¿Por qué motivo he de renunciar a mis miles de posibilidades, si la cosa se pone seria? ¿para qué sacrificar mi todopoderosa libertad, ahora que está llegando la hora de realizar lo único necesario? […] Él comprende instintivamente que en la elección de una realidad en lugar de miles de posibilidades radica no sólo la seriedad sino la dignidad de la vida. (más…)

  • Desde fuera de mí

    «Transcurrieron casi ocho años antes de que brotara la semilla de este libro; dos años, tres incluso, de trabajo oculto, obstinado y a veces sensible, de la Gracia; quedarían casi cinco años durante los cuales no recuerdo haber experimentado ningún arrepentimiento de la vida que estaba llevando… ¿Por qué y cómo fui orientado hacia una vía que para mí resultaba entonces como perdida en la noche? Me siento absolutamente incapaz de responder a esto.

    Sé muy bien que hay personas decididas y valien-tes que trazan planes, organizan por adelantado el itinerario de su existencia y lo siguen después; se dice incluso, si no me equivoco, que con voluntad se consigue todo. No me importa creerlo, pero confieso que yo no he sido nunca ni un hombre tenaz ni un escritor astuto. Mi vida y mis obras tienen una buena parte de pasividad, de inconsciencia, de algo que me mueve y dirige desde fuera de mí. (más…)

  • Paz profunda, silenciosa, escondida

    «…El cristiano tiene una paz profunda, silenciosa, escondida, que el mundo no ve, como un pozo en un lugar apartado y umbrío, de difícil acceso. […] Puede reposar su cabeza en la almohada al acostarse, y reconocer ante la mirada de Dios, con el corazón desbordante, que no le falta nada –que “tiene de todo y en abundancia”–, que Dios lo ha sido todo para él. Ciertamente necesita más gratitud, más santidad, más cielo, pero el pensar que puede tener más no es un pensamiento de desazón, sino de alegría. No perjudica su paz el saber que puede llegar más cerca de Dios […]. El cristiano es alegre, sencillo, amable, atento, sincero y sin pretensiones; no hay en él pretextos y disimulos, ambiciones y singularidades; porque no tiene esperanzas ni temores por lo que se refiere a este mundo. Es reflexivo, sobrio, discreto, circunspecto, comedido, indulgente, con tan pocas cosas en él fuera de lo corriente o que llamen la atención en su talante, que se le puede tomar fácilmente a primera vista por un simple hombre como los demás. Hay personas que piensan que la religión consiste en éxtasis o en discursos prefabricados. El cristiano no es de éstos». (más…)

  • Todos los días parecen lo mismo, pero no lo son

    «Tiene razón. Lo que importa (al hacernos ir veinte veces al mismo sitio, que es generalmente un sitio de decepción terrestre), lo que importa no es ir aquí o allá, no es ir a alguna parte llegar a alguna parte terrestre. Es ir. Ir siempre, y (al contrario) no llegar. Es ir a poquitos en la pequeña procesión de los días ordinarios […] Lo que importa es ir. Ir siempre. Lo que cuenta. Y cómo se va. Es el camino que se hace. Es el trayecto mismo. […]

    Porque esas veinte veces que hemos hecho el mismo camino en la tierra, para la sabiduría humana son veinte veces que se redoblan, que se recomienzan, que son la misma, que son veinte veces vanas, que se superponen, porque conducen por el mismo camino al mismo sitio, porque era el mismo camino. Pero para la sabiduría de Dios nada es nunca nada. Todo es nuevo. Todo es otro. Todo es diferente. […] (más…)

  • La apretó contra su pecho

    «¡Qué delicioso resultaba llegar a aquel refugio desde la oscuridad y el miedo de donde venía! Aquella luz tamizada y suave provocaba en ella la ilusión de estar entrando en el corazón de una perla nacarada. Además las paredes pintadas de azul con estrellitas plateadas prolongaban el espejismo, como si en realidad se tratara del mismo cielo que acababa de dejar afuera racheado de nubes de lluvia.

    –He encendido un fuego para ti. Tienes frío y estás mojada –dijo su abuela. […]

    El asombro y la admiración tenían tan aturdida a la princesa que no podía ni dar las gracias (más…)

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